lunes, 3 de marzo de 2014

DE HUELLAS Y OLMOS VIEJOS…ANTONIO MACHADO SIEMPRE

 
En los últimos años, las clases medias y bajas de los países capitalistas de segunda división (España entre ellos), están experimentando en propias carnes una mayor precariedad y falta de esperanza en el futuro. El 80% de la población mundial, arrinconada y explotada en los países empobrecidos, ya estaba instalada en una crisis permanente desde mucho tiempo atrás, pero eso no era un problema acá.
Aquella máxima de que el crecimiento económico resolvería los males de todos/as, de los de arriba por la progresiva acumulación y de los de abajo por el rebosamiento de la opulencia, ya no tiene más recorrido. Además de ser profundamente inhumana e injusta, y sólo por eso estar condenada a ser reconsiderada (por las buenas) o dinamitada (por las malas), también nos hemos percatado de que la explotación a gran escala de los recursos naturales (materiales y energéticos) en que se basaba, ha llegado ya a su cénit, y ahora sólo cabe prepararnos para un futuro donde si hay algo seguro es que nuestros estilos de vida ya no serán continuación de los que han tenido lugar durante el último siglo de uso masivo de petróleo y envenenamiento de la Naturaleza.
Creo que las metáforas de Machado, sobre las huellas y el camino, sobre el olmo viejo, nos dan pistas para repensar nuestras vidas personales y sociales, en la perspectiva de un nuevo mundo. Nuestra libertad, si realmente hacemos uso de ella (que ese es otro cantar), nos permite poner nuestros pies allá donde queramos. Aunque desde arriba se nos construya una autovía de gran capacidad y se nos lance por el carril de aceleración, para transitar por caminos marcados donde la prisa nos distrae de la vida, las gentes pueden juntarse, abajo, para intuir estelas de dignidad, que a ras de tierra, tomando lo mejor de aquellas culturas que nos precedieron en el espacio, revitalizar nuestros territorios, rompiendo el maleficio de la uniformidad y de la globalización mercantil que siembran la alienación por doquier.
El olmo viejo es el espíritu trascendente de la humanidad, garantía de convivencia, respeto y cooperación. Al final, las hojas verdes (que no brotes del mismo color, que eso suena a neoliberalismo puro y duro), son la vida, que cada primavera acude puntual a su cita con todos los bichos y matojos. La primavera, en nuestras culturas rurales olvidadas y despreciadas, es la explosión de la vida sin ataduras, y sólo domesticada un poco para conseguir el sustento de las personas. Porque las personas no estamos hechas para competir a muerte unas con otras, sino para cooperar. Lo monetario no debe convertirse en el fin último de nuestras vidas, y cuando así ocurre, mucha gente, comenzando por nosotros/as mismos/as, lo pasamos mal. El olmo viejo (sabio por viejo) es la victoria de la vida, al que le bastan las lluvias de abril y el sol de mayo para resucitar de su letargo. Aún no estamos muertos, y vivos no podemos descansar en paz mientras las injusticias aporrean la aldaba de nuestras conciencias, mientras nuestras formas de estar y de ser alientan dichas injusticias.
Ni a leñadores ni a carpinteros sin escrúpulos debemos vender la vida que nos rodea y la vida que somos. En mi tierra los almendros ya han florecido y prometen fruto si logramos alejar el frío de la indiferencia.

1 comentario:

Jaime Royo García dijo...

Es lo que tienen los almendros en flor, nos conmueven y ayudan a nuestra renovación. Pena que no todos los humanos puedan disfrutar de ello.