jueves, 18 de junio de 2020

CAMINOS MARCADOS: LA TIERRA BAJO EL ASFALTO


“El camino” de Daniel, el Mochuelo, pasaba por abandonar su pueblo a los 11 años. Tenía que viajar a la ciudad a estudiar el Bachillerato y luego la Universidad. Su padre, quesero, así lo había decidido, decía que era la manera de progresar en la vida. Daniel, el Mochuelo, no lo tenía tan claro.
 
Corría la mitad de la década de los años 40 del siglo pasado, en un pueblo del norte de Castilla, y Miguel Delibes sólo permitió llorar a su protagonista en el último párrafo del libro. Fue la mañana que iba a coger el tren hacia la ciudad, tras despedirse al alba de su amiga Uca-uca y pedirle que no permitiera a su madrastra borrarle las pecas de su rostro. Bueno, también lloró porque dudaba si seguiría siendo feliz en su nueva vida.
 
 
El mismo drama, las mismas dudas que millones de mujeres y hombres forzadas a cambiar la tierra fértil del pueblo por el asfalto muerto de la urbe.
Suspiran las familias y los/as estudiantes de hoy por un nuevo título que adorne paredes y currículums. No porque su consecución los haga personas más sabias y comprometidas con un mundo mejor, sino porque gracias a ello podrán acceder a empleos mejor pagados, para consumir más. Un consumo que hoy es, paradójicamente, tanto la medida del éxito personal como de la decadencia social y ambiental.
Magnificamos los beneficios asociados a los títulos, a la vez que escondemos la pobreza espiritual y humana que viene en su reverso. ¿De verdad progresamos cuando la opulencia y el despilfarro de una minoría está basada en la explotación de la mayoría por causa de clase social, raza, cultura y/o sexo?
Las personas verdaderamente sabias y honradas, salvo excepciones, no acumulan títulos universitarios ni puestos en consejos de administración de grandes empresas. Al contrario, son personas sencillas y cariñosas, que cuidan el campo, el ganado, el hogar o a otras personas. En la obra, en la fábrica, en el taller, sobre las tablas de un teatro, escribiendo poesía, interpretando música, en el hospital, en la escuela, en la calle, en la oficina o en la tienda. Gentes que derrochan bondad, para quienes lo comunitario y lo justo está por delante del interés individual.
En cambio, despreciamos enfrentar la vida desde la austeridad y la cooperación, valores tradicionales de nuestros pueblos. Hoy, los pueblos y sus entornos rurales son meras extensiones de tejido y la dinámica económica de la globalización urbana. Ya no podemos referirnos a ellos como espacios autosuficientes que producen en cercanía la mayor parte de los bienes básicos necesarios para la vida. La mayor parte de los alimentos, vestidos, viviendas y tecnologías que encontramos en cualquier tienda o supermercado de nuestros pueblos se han producido a cientos o miles de kilómetros de distancia. Las tradicionales economías rurales diversificadas, han cedido el paso a la especialización productiva propia de la globalización. Los monocultivos industriales de viña, olivo, cereales, almendro, frutales, hortalizas, macrogranjas, turismo rural, etc., lo inundan todo. Todo queda en mano de las leyes que dictan los grandes mercados especulativos globales: los precios percibidos por los/as productores/as, los costes de las materias primas, los salarios de miseria pagados a los/as jornaleros/as, el deterioro del suelo y el agua por técnicas de producción intensivas en química de síntesis. Jugarlo todo a la carta del monocultivo industrial destinado a los mercados de exportación implica graves riesgos de incertidumbre e inestabilidad, que mas pronto que tarde terminan por manifestarse con toda crudeza.
La tierra, antaño la aspiración de cualquier familia rural para garantizar sus alimentos básicos mediante el autoconsumo, hoy se compra y se vende al mejor postor como una mercancía más, y se inscribe en el Registro de la Propiedad acumulándose en pocas manos. Es la ley del capitalismo, eufemísticamente llamado mercado. Campesinos/as y pastores/as  quedaron en “El camino”.  

martes, 12 de mayo de 2020

ECHAR LOS MERCADOS DEL ALMA


Existe una analogía reveladora entre los virus y los mercados. Ambos matan y a la vez se autodestruyen cuando su codicia se desenfrena.
 
Los virus sólo pueden reproducirse infectando a otros seres vivos. Lo hacen como mecanismo de pura supervivencia. Pero si el virus sobrepasa cierto umbral de infección, terminan con la vida de quien los “acoge”, y en consecuencia con la suya propia.
 

Del mismo modo, los mercados de todo tipo crecen y se hacen hegemónicos colonizando las almas de las personas. La competencia, la ostentación y el egoísmo son hoy los objetivos prioritarios de los seres humanos que fabrica el capitalismo, y ello a pesar de que estos mismos seres hemos llegado hasta aquí tras cientos de miles de años haciendo lo contrario: cooperando, viviendo de manera sencilla y ayudándonos mutuamente.
 
La pena de la esclavitud de nuestra existencia, basada a su vez en la opresión que reparte hambre y guerra, que roba techos, salud y tierra, que desprecia los saberes populares de comunidades. Los mercados como altares en los que sacrificamos vidas propias y ajenas, porque nuestras mentes presas del miedo, no quieren saber de este orden criminal del mundo, ni de otros mundos donde el respeto a la vida está por encima de todo lo demás.
 
Seguro que estamos teniendo mucho tiempo para pensar en las últimas semanas sobre el sentido y el destino de nuestras vidas. Para interpretar esta “emergencia” bien como el final de un sistema que desde hace demasiado tiempo es una pesadilla para todas las formas de vida, bien como que todo seguirá igual más pronto que tarde. Cada cual tendrá sus razones, sensaciones o deseos para decantarse por una u otra opción.
 
“Yo la mascarilla me la pongo en la cabeza, para que no me peguen el miedo ¡¡que ése sí que es contagioso!!”. Así rezaba una viñeta de El Roto en los tiempos de la postpandemia financiera de 2008. El miedo a ser libres es el más contagioso de todos.
 
Si pensamos principalmente en vender y comprar, tanto nuestra fuerza de trabajo como bienes y servicios, los mercados nos colonizan. Somos presa del consumo, la producción y lo monetario, y a la vez extremadamente vulnerables ante cualquier acontecimiento que cortocircuite este proceso de acumulación, crecimiento y reproducción hipercentralizado.
 
Adaptando los “Versos sencillos” de José Martí, toca echar los mercados del alma y echar nuestra suerte junto a l@s desposeíd@s y oprimid@s del mundo, cuyas vidas no dependen del dinero, sino de lazos de fraternidad con la tierra y con sus iguales. Esperándolo todo de manos francas de amig@s sincer@s, que cultivan rosas blancas en todo tiempo.

miércoles, 4 de marzo de 2020

¿AGUA PARA LAS TABLAS DE DAIMIEL? CLARO, PERO NO DEL TAJO


En noviembre de 1995, justo cuando se debatía sobre la conveniencia de construir una gran tubería desde el Acueducto Tajo-Segura hasta la Llanura Manchega, Juan Serna y yo publicamos en El País un artículo titulado “El negocio de la sequía:  el Trasvase Tajo-La Mancha” (ver aquí)
Los documentos que hace décadas se escribieron sobre quimeras del agua, desde los principios de lo que se denominó la Nueva Cultura del Agua, están envejeciendo muy bien. El tiempo no pasa por ellos, y en muchos casos, el colapso que ya entonces se anticipaba, ha llegado con más rigor incluso del que se preveía.
Nuestra conclusión hace 25 años fue: “Si todas las instituciones y grupos sociales castellano-manchegos se han opuesto reiteradamente al trasvase de aguas del Tajo hacia el Segura (…) por coherencia, ahora debería cuestionarse también este proyecto y no caer en el egoísmo de justificarlo porque ahora se beneficia a una comarca de la propia región origen de los recursos. (…) La mejor tarjeta de visita que Castilla-La Mancha puede presentar sería la de una gestión responsable y cuidadosa de sus escasos recursos hídricos, sin esconder en un rincón los malos ejemplos, sino mostrándolos a la ciudadanía para que prendidos en la conciencia colectiva del pueblo sirvan para no tropezar dos veces en la misma piedra”.
En los últimos días el Gobierno de Castilla-La Mancha ha vuelto a apoyar la solicitud de un trasvase de agua de 20 Hm3 desde el Acueducto Tajo-Segura hasta las Tablas de Daimiel, con el argumento de evitar el “desastre ecológico” de este Parque Nacional. La misma inconsistencia perversa de siempre.
Por un lado, se impulsa una política agraria que prima el regadío tanto intensivo como en cultivos que tradicionalmente han sido de secano (viña, olivo, almendro, pistacho). Política que ha sobreexplotado los acuíferos manchegos tanto en la cuenca del Guadiana como en la del Júcar, y ha derivado en un deterioro sin precedentes, y en muchos casos irreversible, en los espacios del agua de La Mancha Húmeda de las provincias de Ciudad Real, Cuenca y Toledo y en los Valles del Júcar y el Cabriel en Albacete y Cuenca.
Por otro lado, consumado el daño realizado a conciencia, para tapar sus vergüenzas, el mismo Gobierno que impulsa un regadío desbocado sin futuro, y que potencia a muerte la instalación de macrogranjas porcinas que contaminan acuíferos con sus purines, solicita al Gobierno de España agua para encharcar temporalmente las Tablas. Agua que más pronto que tarde se infiltrará en un acuífero reseco para que pueda ser extraída de nuevo para regar cultivos excedentarios cuyos precios de mercado están hundidos. Y da igual si con ello damos una puñalada más a un río Tajo maltrecho. Y da igual si cientos de pequeños espacios del agua del Júcar y el Cabriel siguen muertos, para ellos no se pide agua, ni se llevan a cabo políticas que reviertan el deterioro. Eso sí, el mismo Gobierno de Castilla-La Mancha que los ha liquidado, se congratula de que el Valle del Cabriel se declare Reserva de la Biosfera por la UNESCO. El culmen de la maldad y la hipocresía.
La recuperación de las Tablas de Daimiel y toda La Mancha Húmeda pasa por reconocer la verdadera causa de su deterioro: la sobreexplotación de las aguas subterráneas de la zona como consecuencia de una agricultura de regadío intensiva que utiliza agua muy por encima de los recursos renovables del territorio. Si el diagnóstico está claro, la solución pasa por recuperar los caudales en régimen natural que reciben estos espacios, llevando a cabo una nueva política agraria consistente con dicho objetivo de reducir las extracciones de agua subterránea. En el marco del cambio climático que ya ha llegado e irá a más, la adaptación de la actividad agraria y ganadera a unas menores disponibilidades de agua es si cabe todavía más urgente. Lo contrario, lo que se está haciendo ahora con la expansión del regadío incluso en cultivos leñosos tradicionalmente de secano, no es un paso adelante en la buena dirección, todo lo contrario, es un salto en el vacío.
Si en las circunstancias actuales las Tablas tienen que estar secas en periodos de lluvias escasas, pues que se sequen. Las gentes de La Mancha verán en el espejo de este espacio natural muerto el futuro que les espera, sin los paños calientes y los espejismos de un agua que ahora llega escondida por tubería, sin dejarse ver, muerta de vergüenza, desde otra cuenca lejana donde tampoco sobra. La sociedad civil debe organizarse y enfrentar este asunto de vital transcendencia para su futuro, planteando a las administraciones públicas con competencias sobre el agua otra forma de gestionar el territorio, cuidando la vida.
En la fase de colapso social, económico y energético postpetróleo en la que nos estamos adentrando, cuanto antes comencemos a ser conscientes de los límites y desbarajustes de nuestro modelo de producción, distribución y consumo capitalista, mucho mejor. El secado de las Tablas de Daimiel es ya un icono de ello y ojalá sirva para que la gente de los pueblos de su entorno se ponga manos a la obra para la transición a un estilo de vida austero pero digno, centrado en el cuidado y el respeto a la naturaleza.

 

lunes, 3 de febrero de 2020

PIEDRA SOBRE PIEDRA, TIERRA SOBRE TIERRA. A PROPÓSITO DEL DESPOBLAMIENTO RURAL

 
Cada vez quedan menos gentes en nuestros pueblos y campos. Con el fallecimiento de nuestras personas mayores, se pierde una cultura y un patrimonio milenario que nos ha permitido vivir utilizando los recursos materiales, energéticos y biológicos del entorno. Este es, para mí, el problema más grave e irreversible de la despoblación.
 
Si a lo anterior añadimos el hecho de que el sistema capitalista, en sus estertores finales, sigue esquilmando y destrozando el suelo, el aire y el agua por doquier, la vuelta al campo que ya debemos comenzar a la fuerza, se presenta singularmente dura.
 
Hemos despreciado y perdido conocimientos valiosísimos sobre cómo conseguir el sustento. Hemos gestionado la Naturaleza con exclusivos criterios de rentabilidad monetaria, transformando vergeles y montes en desiertos de monocultivos que agreden la vista y la vida.


Y a pesar de todo, toca volver al campo. Porque ya no hay más petróleo ni carbón que quemar para poder abastecer a las ciudades de todo lo necesario para la vida a través de la actual agricultura industrial intensiva que tiene sus días contados. Toca volver al campo, aunque hoy sea un medio más inhóspito que hace apenas unas décadas. Toca volver al campo porque con el colapso social y climático del capitalismo del consumismo y el despilfarro, la prioridad de las personas ya no será conseguir los últimos modelos de ropa y de aparatos electrónicos, ni viajar largas distancias en avión, ni tener varios vehículos a motor por familia: la prioridad será garantizar el acceso a la alimentación y a la vivienda, y en un paso más, a la salud y la cultura en su acepción más amplia.
Para este futuro que tendremos que inventar sobre la marcha, no tengo ninguna esperanza puesta en las políticas que puedan venir desde gobiernos y organismos internacionales, ya que éstos han estado y siguen estando al servicio del gran capital. La globalización neoliberal de las últimas décadas ha avanzado como una apisonadora gracias a que los poderes políticos de todo signo ideológico, formalmente democráticos, han asumido como propio e incuestionable el objetivo del crecimiento económico a toda costa.
En el mejor de los casos, allí donde su sensibilidad se lo permita, los ayuntamientos pueden convertirse en palancas de este cambio necesario. Pero más que en ayuntamientos creo que en ese futuro por inventar el papel fundamental lo van a jugar comunidades locales relativamente pequeñas, homogéneas y cohesionadas, formadas por personas pegadas a los diferentes territorios, con una doble tarea. Por un lado, defender su tierra de los abusos que todavía perpetra el capitalismo contra ella. Por otro, construir comunidades autogestionarias, autosuficientes y resilientes, justo lo contrario de lo que nos ofrece la globalización.
Frente a quienes piensan que los avances tecnológicos permitirán salir del callejón sin salida en que se encuentra la humanidad como consecuencia, precisamente, de una fe ciega en la tecnología al servicio de la acumulación de capital. Creo que la opción es volver hacia atrás, no a las cavernas, sino a una vida sencilla pero digna, donde el “ser” desplace al “tener”. De acuerdo con la letra de la canción de Macaco “Volver al origen no es retroceder, quizás sea andar hacia el saber”.
Y nuestras manos volverán a poner piedra sobre piedra, las mismas piedras que un día movieron las manos de quienes nos precedieron. Y volveremos a remover la tierra para que abrace semillas o para levantar muros de tapial, para comer y cobijarnos. Y todos los asentamientos humanos hoy abandonados y en ruinas, volverán a tejer la vida de las personas que vuelven con la vida que siempre quedó en ellos. Como decía la bióloga Lynn Margulis, la vida es el triunfo de la simbiosis desde hace millones de años. El capitalismo en sus fases comercial, industrial, financiera y global, en apenas cinco siglos, nos ha despistado, nos ha atontado, ofreciendo el elixir de la eterna felicidad a través de la competición a ultranza. Para repoblar los desiertos de nuestras almas, valles, montes y llanos, una cosa tenemos cierta: “El capitalismo no funciona, la vida es otra cosa”.

lunes, 14 de octubre de 2019

Ecuador: ¿economía o vida?


 
La mayor parte de los medios han contado que, detrás de las protestas que ha vivido Ecuador durante las dos últimas semanas, se encontraba el descontento social por la importante subida del precio de los carburantes.

La gasolina pasó de 0,50 a 0,60 dólares/litro, mientras el diesel lo hizo desde 0,27 a 0,60 dólares/litro. El motivo fue la retirada del subsidio gubernamental que mantenía los precios por debajo de los de referencia internacional.
Además, aunque esto ha transcendido menos, para hacer frente a la deuda pública del Estado también se han aumentado impuestos, se han flexibilizado las leyes laborales y se ha recortado gasto público. Tanto estas medidas como la subida de los carburantes se han llevado a cabo por indicación del Fondo Monetario Internacional (FMI), como condición para obtener un préstamo de emergencia de más de 4.000 millones de dólares de este organismo.
La lucha tenaz del movimiento indígena, junto a otros colectivos sociales, ha sido clave para forzar la marcha atrás de un gobierno alineado con las políticas neoliberales exigidas por el FMI. Sólo por eso veo con simpatía y esperanza este octubre quiteño. Hoy día, los pueblos indígenas, campesinos y afrodescendientes de Nuestra América, y otros lugares “subdesarrollados” del planeta, todavía guardan las esencias culturales para hacer realidad las alternativas a este capitalismo global que conduce a la humanidad, sin remedio, al colapso ecosocial.
Creo que ésta va a ser una constante a multitud de conflictos en las próximas décadas. La combustión de las energías fósiles agrava el mencionado colapso y hace más difícil la obligada transición a otros sistemas que pongan la vida en el centro. No obstante, no se atisban políticas públicas que definan un escenario futuro basado en la autogestión, la diversidad cultural, el territorio y la ayuda mutua. Pareciera, en el mejor de los casos, que nos conformamos con un neoextractivismo “más amable”, y seguimos otorgando a los Estados Nación, con gobiernos neoliberales o socialdemócratas, da igual, un papel protagonista en el apuntalamiento de un capitalismo en quiebra.
Si hay que quemar todo el petróleo que albergan las entrañas de la Tierra, en el transporte, la industria, los negocios agroganaderos, que sirva por lo menos para que las clases populares se den un pequeño festín preapocalíptico.  Lo de construir comunidades nuevas de fraternidad con todas las formas de vida o cuidar las que ya existen, si eso, para más adelante.
 

domingo, 31 de marzo de 2019

¿ESPAÑA VACIADA O ESPAÑA SAQUEADA? CAMPOS, MONTES Y PERSONAS AL SERVICIO DE LA GLOBALIZACIÓN



Miles de personas se han manifestado en Madrid bajo el lema “La revuelta de la España vaciada”. Han exigido políticas públicas de servicios, infraestructuras y de desarrollo económico para invertir la despoblación galopante de la mayor parte del interior peninsular. A la misma han acudido, además de gentes luchadoras de nuestros pueblos, representantes de partidos políticos y gobiernos de diferentes instancias territoriales, incluso de aquellas que nunca han creído (ni creen) en los pueblos más que para conseguir sus preciados votos en las elecciones.


El término vaciada se refiere a la consecuencia de décadas de políticas públicas al servicio de la acumulación capitalista. Desde la época de las grandes colonizaciones, pasando por la revolución industrial hasta la actual globalización, los campos, los montes y las personas de los ámbitos rurales han cumplido un papel funcional y subordinado al servicio de la acumulación capitalista. El éxodo rural ha abastecido de mano de obra barata y consumidores/as sumisos/as y dependientes del mercado para garantizar los beneficios del capital industrial, comercial y financiero

Si hubiéramos optado por el término saqueada, habríamos puesto el énfasis en las causas de la despoblación, que no son otras que la puesta a disposición del gran capital de los recursos rurales tanto humanos como naturales.

Al mundo rural del Norte y del Sur global no le sientan nada bien las políticas aplicadas desde las administraciones públicas y organismos económicos internacionales. Políticas pensadas para insertarlo en una dinámica de maximización del beneficio y la productividad a toda costa. Dinámica que ha sido la responsable de una desigualdad social y territorial como nunca antes había tenido lugar en la historia de la humanidad.

Las políticas de desarrollo rural hoy en España no van más allá de insertar a los territorios rurales en los flujos comerciales especulativos definidos por el capitalismo global. El turismo de masas, los negocios de agricultura y ganadería industrial, las explotaciones mineras, la urbanización especulativa, las infraestructuras diversas para la extracción de recursos naturales y/o la recepción de residuos, En todos los casos actividades generadoras de grandes impactos ambientales y de quiebra social.

No me preocupa el desierto demográfico actual de buena parte del territorio. Al final la gente decide dónde fijar su residencia de acuerdo con la facilidad para satisfacer sus necesidades, comenzando por las más básicas. El modelo de urbanización desaforada tiene sus días contados. En cuanto los flujos no renovables de materiales y energía que hoy lo sustentan comiencen a colapsar de manera más contundente aún, tendrá lugar un nuevo proceso de ruralización, simplemente por necesidad.

Si me preocupa que la transición urbano-rural inminente tendrá lugar en condiciones ecosociales especialmente duras. Buena parte del patrimonio cultural y biodiverso ligado al mundo rural se habrá deteriorado o perdido de manera irreversible, haciendo mucho más difícil el camino hacia una vida digna. Nuestros/as mayores campesinos/as y pastores/as tenían espacios vivos, conocimientos, técnicas y semillas, fruto de siglos de adaptación al medio mediante técnicas simbióticas y comunitarias. Justo lo contrario de la competencia y el individualismo propios del capitalismo. Por ello, más que pedir al Estado, deberíamos protegernos de todas las políticas que emanan de sus organismos con el objetivo declarado de salvar el mundo rural. Lo comunitario y lo local frente al Estado y el mercado global, que hoy por hoy, son la misma cosa.

lunes, 3 de septiembre de 2018

EL AGUA Y EL GOBIERNO DE CASTILLA-LA MANCHA: ¡Y TAMBIÉN DOS HUEVOS DUROS…EN LUGAR DE DOS PON TRES!


Este hilo,

me cose a esta tierra,

¡teja fácil a mi sed!

 

El mundo del cine proporciona frases precisas para calificar las políticas de las administraciones públicas, en este caso en materia de depredación de recursos naturales. Una vez instalados en la desmesura y la destrucción, traspasado ya el umbral que conduce al colapso ecosocial, ¿por qué no dos o tres huevos duros más?.

A mediados del pasado mes de julio el Gobierno de Castilla-La Mancha presentó el borrador del DOCUMENTO DE POSICIÓN COMÚN EN MATERIA DE AGUA. CASTILLA-LA MANCHA. PACTO REGIONAL POR EL AGUA (ver aquí). Hasta mediados de septiembre se recibirán enmiendas a dicho texto para seguir adelante con su tramitación.

Tan pronto fue presentado por el Consejero de Agricultura y Medio Ambiente, las organizaciones ecologistas Amigos de la Tierra, Ecologistas en Acción, Greenpeace, SEO/BirdLife y WWF emitieron un comunicado de alcance (ver aquí) alertando sobre el peligro de deteriorar todavía más los maltrechos espacios del agua en Castilla-La Mancha.

Leídas las seis páginas de dicho borrador, podría desplegar aquí más razones técnicas, económicas y ecológicas para cuestionar los planteamientos de dicho documento. Pero no voy a perder el tiempo en ello. Por experiencia, la maquinaria de las administraciones central y autonómica en materia de agua está perfectamente diseñada para avanzar en contra de la vida, al servicio de los intereses que codician el agua para convertirla en dinero. Montañas de alegaciones contra planes y proyectos hidráulicos megalómanos son despachadas sin entrar en el fondo de la cuestión, simplemente porque cuestionan un modelo productivo que convierte en desiertos y ríos muertos lo que antes eran oasis y vegas.

Boletines oficiales, a diario, dedican páginas y páginas a informar de trámites para nuevos aprovechamientos de aguas superficiales y subterráneas, para producir dinero a costa de destrozar cauces, acuíferos y manantiales.

Mientras tanto, la agroecología y la soberanía alimentaria, que puede alimentarnos con productos de calidad, frenar el cambio climático y ser una ocupación digna para las gentes del campo, es cosa de unos cuantos locos/as que reniegan de las directrices que en los mercados especulativos internacionales marcan las empresas de agronegocios. He ahí el dilema: vida mañana o beneficios monetarios hoy. Las políticas públicas agraria y ambiental están por lo último.

Los gobiernos de Castilla-La Mancha siempre han llevado una doble vida en relación con la gestión del agua. Por un lado se han quejado amargamente del agua que se roba a esta tierra para trasvasarla a otros lugares. Vale, hasta ahí de acuerdo. Pero por otro, han incentivado y consentido la esquilmación y contaminación del agua de ríos y acuíferos por la agricultura intensiva de regadío propia, y últimamente, además, por las macrogranjas de porcino.

Como a todo hay quien gane, la sentencia de Facundo Cabral “Juan Comodoro buscando agua encontró petróleo, pero se murió de sed”, con una vuelta de tuerca surrealista, también es de aplicación por estos lares. Eso sí, vamos a ser la bodega del mundo, y a inundar de almendras, pistachos y carne de cerdo todo el orbe, sin distinguir el valor del precio, sacrificando nuestra alma en el altar de la globalización. “Pobrecito mi patrón, piensa que el pobre soy yo”.