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martes, 12 de mayo de 2020

ECHAR LOS MERCADOS DEL ALMA


Existe una analogía reveladora entre los virus y los mercados. Ambos matan y a la vez se autodestruyen cuando su codicia se desenfrena.
 
Los virus sólo pueden reproducirse infectando a otros seres vivos. Lo hacen como mecanismo de pura supervivencia. Pero si el virus sobrepasa cierto umbral de infección, terminan con la vida de quien los “acoge”, y en consecuencia con la suya propia.
 

Del mismo modo, los mercados de todo tipo crecen y se hacen hegemónicos colonizando las almas de las personas. La competencia, la ostentación y el egoísmo son hoy los objetivos prioritarios de los seres humanos que fabrica el capitalismo, y ello a pesar de que estos mismos seres hemos llegado hasta aquí tras cientos de miles de años haciendo lo contrario: cooperando, viviendo de manera sencilla y ayudándonos mutuamente.
 
La pena de la esclavitud de nuestra existencia, basada a su vez en la opresión que reparte hambre y guerra, que roba techos, salud y tierra, que desprecia los saberes populares de comunidades. Los mercados como altares en los que sacrificamos vidas propias y ajenas, porque nuestras mentes presas del miedo, no quieren saber de este orden criminal del mundo, ni de otros mundos donde el respeto a la vida está por encima de todo lo demás.
 
Seguro que estamos teniendo mucho tiempo para pensar en las últimas semanas sobre el sentido y el destino de nuestras vidas. Para interpretar esta “emergencia” bien como el final de un sistema que desde hace demasiado tiempo es una pesadilla para todas las formas de vida, bien como que todo seguirá igual más pronto que tarde. Cada cual tendrá sus razones, sensaciones o deseos para decantarse por una u otra opción.
 
“Yo la mascarilla me la pongo en la cabeza, para que no me peguen el miedo ¡¡que ése sí que es contagioso!!”. Así rezaba una viñeta de El Roto en los tiempos de la postpandemia financiera de 2008. El miedo a ser libres es el más contagioso de todos.
 
Si pensamos principalmente en vender y comprar, tanto nuestra fuerza de trabajo como bienes y servicios, los mercados nos colonizan. Somos presa del consumo, la producción y lo monetario, y a la vez extremadamente vulnerables ante cualquier acontecimiento que cortocircuite este proceso de acumulación, crecimiento y reproducción hipercentralizado.
 
Adaptando los “Versos sencillos” de José Martí, toca echar los mercados del alma y echar nuestra suerte junto a l@s desposeíd@s y oprimid@s del mundo, cuyas vidas no dependen del dinero, sino de lazos de fraternidad con la tierra y con sus iguales. Esperándolo todo de manos francas de amig@s sincer@s, que cultivan rosas blancas en todo tiempo.

lunes, 14 de octubre de 2019

Ecuador: ¿economía o vida?


 
La mayor parte de los medios han contado que, detrás de las protestas que ha vivido Ecuador durante las dos últimas semanas, se encontraba el descontento social por la importante subida del precio de los carburantes.

La gasolina pasó de 0,50 a 0,60 dólares/litro, mientras el diesel lo hizo desde 0,27 a 0,60 dólares/litro. El motivo fue la retirada del subsidio gubernamental que mantenía los precios por debajo de los de referencia internacional.
Además, aunque esto ha transcendido menos, para hacer frente a la deuda pública del Estado también se han aumentado impuestos, se han flexibilizado las leyes laborales y se ha recortado gasto público. Tanto estas medidas como la subida de los carburantes se han llevado a cabo por indicación del Fondo Monetario Internacional (FMI), como condición para obtener un préstamo de emergencia de más de 4.000 millones de dólares de este organismo.
La lucha tenaz del movimiento indígena, junto a otros colectivos sociales, ha sido clave para forzar la marcha atrás de un gobierno alineado con las políticas neoliberales exigidas por el FMI. Sólo por eso veo con simpatía y esperanza este octubre quiteño. Hoy día, los pueblos indígenas, campesinos y afrodescendientes de Nuestra América, y otros lugares “subdesarrollados” del planeta, todavía guardan las esencias culturales para hacer realidad las alternativas a este capitalismo global que conduce a la humanidad, sin remedio, al colapso ecosocial.
Creo que ésta va a ser una constante a multitud de conflictos en las próximas décadas. La combustión de las energías fósiles agrava el mencionado colapso y hace más difícil la obligada transición a otros sistemas que pongan la vida en el centro. No obstante, no se atisban políticas públicas que definan un escenario futuro basado en la autogestión, la diversidad cultural, el territorio y la ayuda mutua. Pareciera, en el mejor de los casos, que nos conformamos con un neoextractivismo “más amable”, y seguimos otorgando a los Estados Nación, con gobiernos neoliberales o socialdemócratas, da igual, un papel protagonista en el apuntalamiento de un capitalismo en quiebra.
Si hay que quemar todo el petróleo que albergan las entrañas de la Tierra, en el transporte, la industria, los negocios agroganaderos, que sirva por lo menos para que las clases populares se den un pequeño festín preapocalíptico.  Lo de construir comunidades nuevas de fraternidad con todas las formas de vida o cuidar las que ya existen, si eso, para más adelante.
 

miércoles, 14 de diciembre de 2016

EL CAPITALISMO ES DESIGUALDAD, Y LA VIDA ES OTRA COSA


Hace dos semanas los/as amigos/as de la Asociación de Docentes de Economía en Secundaria de Castilla-La Mancha (ADES-CLM) me invitaron a participar en las jornadas que organizaron en la Facultad de Ciencias Económicas y Empresariales de Albacete, bajo el lema “Jornadas Educativas de Economía, Empleo, Pobreza y Exclusión Social”.
 
A continuación reproduzco el texto que sirvió de base a mi intervención.
 

1.    ALGUNAS IDEAS PREVIAS

Vivimos en un sistema económico, el capitalista o de mercado, donde la desigualdad crece constantemente, especialmente en las últimas décadas. Esta situación ocurre tanto dentro de los propios países, ricos y pobres, como entre ellos mismos.
 
A la par, las políticas públicas de carácter redistributivo para hacer frente a la desigualdad, cada vez son más raquíticas. Y ello a pesar de que economistas liberales como Keynes tenían muy claro que dichas políticas redistributivas y de gasto público eran claves para afrontar la inestabilidad cíclica del sistema capitalista por la vía de la demanda agregada.
 
Respecto al gasto público corriente, Keynes justificaba socialmente las transferencias desde el gobierno a las familias de menor renta por su impacto positivo sobre el consumo y en consecuencia sobre la demanda total.
 
Las políticas keynesianas caen en desgracia en la década de los 80 del pasado siglo cuando son sustituidas por los principios neoliberales y monetaristas, contrarios a la intervención del Estado en la economía y favorables a la desregulación.
 
El culmen de este cambio de postura tiene lugar con la aprobación del Tratado de Maastricht en 1992 y más recientemente con el Pacto de Estabilidad y Crecimiento de la Unión Europea. A partir de entonces, la estabilidad presupuestaria se convierte en objetivo prioritario, tanto en términos de déficit público (3% PIB), deuda pública viva (60% PIB) e imposibilidad de financiarse a través del recurso a los bancos centrales.
 
No obstante, desde hace ya varios meses, Mario Draghi, Presidente del Banco Central Europeo, viene reconociendo el fracaso de las políticas de austeridad encaminadas a conseguir la estabilidad presupuestaria en la Eurozona. La política monetaria lleva varios años con tipos de interés en el entorno del 0%, y la recuperación económica o no se ha producido o es muy débil en los países rescatados de la Eurozona. Tal ha sido el “ataque” de sinceridad del señor Draghi, que ha llegado a afirmar públicamente la necesidad de que los Estados colaboren en la recuperación a través de políticas públicas de gasto o inversión, y lo más radical, glosando las virtudes que tendría un aumento de los salarios para impulsar la recuperación económica.
 

1.1.           Concepciones de la pobreza

En determinados pueblos indígenas africanos, la pobreza o la situación de precariedad de las personas está asociada no tanto a ciertas carencias materiales, sino principalmente a la ausencia de un soporte social en términos de una red familiar o de amistades que ante situaciones de dificultad permiten afrontarlas a través de la ayuda mutua.
 

1.2.           Galbraith y la pobreza de las masas

Comenzamos con la situación de los países empobrecidos. En 1978 John Kenneth Galbraith publicaba La pobreza de las masas. En dicho libro plasmaba su experiencia como embajador de Estados Unidos en la India entre 1961 y 1963, etapa en que el país norteamericano desarrolló un amplio programa de ayuda al desarrollo en la India, especialmente en el sector agrario. En su introducción señalaba:
 
“No cabe duda de que nuestros motivos eran humanos, al mismo tiempo que sensiblemente egoístas. Pero pronto me persuadí de que nuestros esfuerzos iban desencaminados, y que extendíamos el error a aquéllos hindúes con quienes trabajábamos.
Lo que decidimos que constituían las causas de la pobreza inherente a los hindúes, y contra las que pretendíamos luchar, no se derivaban de algo pensado, sino de la conveniencia. Hablando en líneas generales, sólo existían dos cosas con las que podíamos disminuir las privaciones: a través de la aportación de capital y, en principio, de los conocimientos técnicos productivos. Las causas de la pobreza aparecían, pues, como derivadas de una carencia de capital o de una ausencia de experiencia técnica. El remedio incluía el diagnóstico. Era como, si al poseer la vacuna, identificáramos la viruela. Sólo por accidente, una terapéutica así seleccionada podía propiciar el éxito. Y, por desgracia, no se propició dicho accidente (Galbraith, 1982, 11-12).
 
Es decir, en las políticas de ayuda al desarrollo se utilizan preferentemente los instrumentos de que dispone el país donante y que más le convienen política y económicamente, sin atender a las verdaderas necesidades de los países receptores.
 

1.3.           Deaton y el escape de la pobreza

 
Angus Deaton, economista escocés, Premio Nobel de Economía en 2015, señala en su libro El gran escape. Salud, riqueza y los orígenes de la desigualdad (Fondo de Cultura Económica, 2015) que son los mismos los mecanismos que desde la Revolución Industrial han permitido tanto el progreso material como una realidad dual entre los pueblos ricos que han salido adelante y los pobres que se han quedado atrás. Escribe que
 
“El ‘Gran Escape’ de este libro es la historia de cómo la humanidad escapa de la privación y la muerte prematura, de cómo las personas han conseguido mejorar sus vidas y han mostrado el camino a seguir a las generaciones posteriores (…) Este libro trata de la danza sin fin entre el progreso y la desigualdad, acerca de cómo el progreso crea desigualdad y cómo la desigualdad en ocasiones puede ser útil (al mostrar a otros el camino o proveer incentivos para remontar la brecha) y a veces inútil (cuando quienes lograron escapar protegen sus posiciones destruyendo las rutas de escape que quedan detrás de ellos” (Deaton, 2015, 11-14).
 
Si son los mismos mecanismos los responsables de la opulencia y la miseria, ¿hay vía para un mundo menos desigual?, ¿puede el fin justificar los medios?, ¿puede basarse la opulencia en la condena a la miseria de buena parte de la población?. Nos encontramos ante el permanente dilema económico entre la eficiencia y la equidad. Aquí conviene recordar las palabras de Arthur Okun (1975) “los derechos y poderes que el dinero no debería comprar deben ser protegidos con regulaciones y sanciones específicas (...) Una sociedad capitalista democrática se esforzará por buscar mejores métodos para trazar los límites entre el dominio de los derechos y el dominio de los dólares”.
 
Deaton (2015) señala incluso el fracaso de la ayuda externa a los países pobres por entender que colabora a mantener gobiernos corruptos y políticas indeseables. En una línea similar a cuando Jean Ziegler afirmaba hace unos años que “A los países pobres no hay que ayudarles, sino dejar de robarles”.
 
En lo referente a la ayuda al desarrollo, Angus Deaton (2015, 345) se pregunta desde la posición de los países ricos:
 
“¿Por qué somos nosotros quienes tenemos que hacer algo? ¿Quién nos dio esa responsabilidad? (…) nosotros frecuentemente tenemos tan pobre comprensión de lo que ellos necesitan o quieren, o de cómo funcionan sus sociedades, que nuestros torpes intentos de ayudar en nuestros términos hacen más daño que bien (…) Cuando nosotros intentamos ayudar las consecuencias negativas no intencionadas están garantizadas. Y cuando fracasamos, insistimos porque nuestros intereses están ahora en juego (en nuestra industria de ayuda, atendida en gran medida por nuestros profesionales, y que genera fama y votos para nuestros políticos), y porque, después de todo, nosotros debemos hacer algo”
 
Claro que habría que hacer algo. Podemos comenzar por modificar las reglas del juego que ahora condenan a los países empobrecidos a una relación de dependencia y sumisión. Lo demás no va más allá de tranquilizar conciencias.
 
Incluso en el caso hipotético que los países empobrecidos requiriesen inyecciones de capital externo para salir de su situación de postración, la realidad de los flujos internacionales de capital funciona justo al revés. Según Armando Fernández Steinko (2008), el monto de capitales que cada año abandona los países más empobrecidos en dirección al Norte rico, es enorme. Entre 350.000 y 800.000 millones de dólares, cifra cinco veces más alta que toda la ayuda al desarrollo que fluye en sentido contrario. Así, la pregunta pertinente es, ¿quién ayuda a quién?.
 
 

1.4.           Desigualdad, capital y trabajo

Thomas Piketty (2015, 266-268) señala que la distribución de la propiedad del capital y de los ingresos resultantes es sistemáticamente mucho más concentrada que la de los ingresos del trabajo:
 
a)    La participación del 10% de las personas que reciben el ingreso del trabajo más elevado suele ser del orden de 25-30% del total de los ingresos del trabajo.
b)    La participación del 10% de las personas poseedoras del capital más elevado siempre es superior al 50% del total de los capitales, y a veces sube hasta 90% en ciertas sociedades.
c)    La excesiva concentración del capital se explica sobre todo por la importancia de la herencia y de sus efectos acumulativos (por ejemplo, es más fácil ahorrar cuando se heredó una vivienda y no se tiene que pagar una renta en forma de alquiler o hipoteca). Una reflexión al respecto. Si la institución de la herencia permite la acumulación y transmisión de la riqueza y explica una parte importante de la desigualdad, ¿por qué se mantiene?.

1.5.           Del proletariado al precariado

En los últimos años estamos asistiendo a un fenómeno nuevo caracterizado por el hecho de que tener un empleo ya no es garantía para satisfacer dignamente las necesidades básicas.
Guy Standing (2016, 222-224) comenta que
 
“El proletariado clásico ha tenido siempre una ocupación estable a jornada completa. Ha sido explotado en el lugar de trabajo en el horario laboral (…)
[Al precariado] “La definen tres grandes características. En primer lugar (…) obligados, a aceptar una vida de trabajo inestable como norma (…) el precariado está tan explotado fuera del espacio y del tiempo de trabajo como cuando se encuentra dentro. Eso es completamente nuevo (…) No tienen ocio, trabajan (…) tiene una presión increíble sobre su tiempo (…) La segunda característica (…) no tiene pensiones, no tiene vacaciones pagadas (…) Depende de salarios monetarios que son descendientes y volátiles (…) El tercer aspecto (…) es que tiene relaciones diferentes con el Estado (…) Esta es la primera vez en la historia que una clase social emergente se encuentra en proceso de perder derechos que han sido adquiridos por ciudadanos del pasado”.
Esta última característica es un cambio importante en el devenir histórico de la lucha de clases (Standing, 2016, 226-231):
 
- Ésta tradicionalmente se acometía desde el proletariado contra la clase capitalista a través de los sindicatos, y su objetivo último era conseguir una mayor porción de la tarta sin cambiar las estructuras.
- Actualmente la lucha se plantea desde el precariado contra el Estado, por entender que éste es el brazo ejecutor de los recortes sociales que tanto han perjudicado a los más desprotegidos. Los instrumentos de dicha lucha son las nuevas formas de organización social (15M, PAH) y política (partidos emergentes). Su objetivo es abolir las estructuras que definen la existencia del precariado.
 

1.6.           ¿Y la Unión Europea, qué?

En el curso 1989-1990 los profesores Tomás Carpi y Jordán Galduf me impartieron la asignatura Política Económica de los Países Subdesarrollados en la Universitat de València. Seguíamos el manual de Michael Todaro (El desarrollo económico del Tercer Mundo) y el ensayo de Raúl Prebisch (Capitalismo periférico). Aprendí que la década de los 80 del pasado siglo fue de retroceso en los ámbitos social y político para buena parte de los países empobrecidos del mundo. De la mano del Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional se habían aplicado en muchos de estos países políticas de ajuste que los habían atenazado y hundido en el agujero negro de la pobreza y la dependencia. En definitiva, que el capitalismo no es un sistema que introduzca paulatinamente a los diferentes pueblos de la Tierra en las vías de la prosperidad y la democracia. Bien al contrario, cabe hablar de un esquema centro-periferia, de manera que los países empobrecidos y “atrasados” se insertan en él bajo relaciones de dependencia y dominación por parte del gran capital transnacional.
 
Hace casi un cuarto de siglo, el FMI campaba a sus anchas por los territorios más débiles del planeta, obligándoles a tomar una medicina (las políticas de ajuste) que les condenaba a la postración. Ahora el FMI ha aterrizado en la Unión Europea, y sus hombres y mujeres de negro son los que dictan a los gobiernos las políticas a aplicar, que siguen siendo de ajuste, claro, porque no se les conocen posturas alternativas más allá del pensamiento único neoliberal.
 
Y de vez en cuando, en nuestra vieja Europa, afloran informes…incluso del propio FMI, que nos hacen caer en la cuenta de que la austeridad mata y propaga el dolor y la angustia de mucha gente, porque no se había tenido en cuenta adecuadamente el efecto multiplicador negativo sobre el nivel de renta asociado a un recorte de los gastos públicos, porque la austeridad y la reducción rápida del déficit público a toda costa impulsa el desempleo y la caída del consumo y la inversión…como si todo ello no se conociera ya a partir de las enseñanzas de Keynes y la Gran Recesión de los años 30.
 
Lo peor de todo es que aunque por propios y extraños se reconoce el fracaso absoluto de las políticas de la troika en los países periféricos del euro (especialmente los rescatados Grecia, Portugal, Irlanda y España), no se ha cambiado ni un ápice el contenido de dichas políticas más allá de una cicatera ampliación del plazo para que algunos países alcancen el objetivo del 3% de déficit público respecto al PIB.
 

2.    AFRONTAR LA DESIGUALDAD DESDE OTROS SISTEMAS ECONÓMICOS

2.1.           El Buen Vivir o Sumak Kawsay

 
Alberto Acosta conecta el Buen Vivir
 
“(…) con las experiencias, visiones y propuestas de aquellos pueblos (dentro y fuera del mundo andino y amazónico) empeñados en vivir en armonía entre sí y con la naturaleza (…) El Buen Vivir constituye un paso cualitativo importante al superar el tradicional concepto de desarrollo y sus múltiples sinónimos, e introduce una visión diferente, mucho más rica en contenidos y, por cierto, más compleja (…) Critica el concepto mismo de desarrollo transformado en una entelequia que norma y rige la vida de gran parte de la humanidad, a la que perversamente le es imposible alcanzar ese tan ansiado desarrollo, mientras que quienes se pretende ser desarrollados muestran cada vez más señales de su maldesarrollo (…) Para entender lo que implica el Buen Vivir, que no puede ser simplistamente asociado al ‘bienestar occidental’, hay que empezar por recuperar la cosmovisión de los pueblos y (las) nacionalidades indígenas (…) es imprescindible construir otras formas de vida, que no estén normadas por la acumulación del capital (…) No podemos esperar la llegada de la solución ‘técnica’. Nuestro mundo necesita ser pensado en términos políticos. Y en consecuencia tenemos que actuar impulsando un proceso de transiciones movido por nuevas utopías” (Acosta, 2013, 13-20).
 

2.2.           El posdesarrollo

Serge Latouche cuestiona el desarrollo económico tanto como vía para mejorar el bienestar de las sociedades ricas como para salir de la precariedad en aquéllas sociedades empobrecidas.
 
 “Frente a la mundialización, que no es más que el triunfo planetario del todo-mercado, debemos concebir y promover una sociedad en la que los valores económicos dejarán de ser centrales (o únicos) (…) Debemos renunciar a la loca carrera hacia un consumo cada vez mayor. Esto es requerido no solamente por la necesidad de evitar la destrucción definitiva de las condiciones de vida sobre la tierra, sino también y sobre todo para sacar a la humanidad de la miseria psíquica y moral (…) el progreso, el universalismo, el dominio de la naturaleza, la racionalidad cuantificante. Estos valores sobre los cuales descansa el desarrollo, y muy especialmente el progreso, no se corresponden de ninguna manera con aspiraciones universales profundas. Están ligados a la historia de Occidente, y tienen poco eco en otras sociedades (…) La mayor parte de las sabidurías consideran que el bienestar se realiza con la satisfacción de una cantidad juiciosamente limitada de necesidades (…) Las víctimas del desarrollo tienen tendencia a no ver más remedios para sus desgracias que una agravación del mal. Piensan que la economía es el único medio para resolver la pobreza, cuando es ella mismo quien la engendra” (Latouche, 2009, 12-20).

3.    VUELTA A EMPEZAR

El capitalismo es competencia. La vida es cooperación.
El capitalismo alienta y protege la desigualdad. La pobreza y la exclusión son sus consecuencias naturales.
Procede organizar la vida de los pueblos y las relaciones entre ellos de acuerdo con principios de respeto y austeridad.
La austeridad y la sencillez voluntaria es una obligación moral de las sociedades y las personas del mundo “hiperdesarrollado” cuando somos conscientes que nuestro estilo de vida es depredador de la Naturaleza y dañino para la mayor parte de los seres humanos.

REFERENCIAS:


Acosta, Alberto (2013): El Buen Vivir. Sumak Kawsay, una oportunidad para imaginar otros mundos, Icaria, Barcelona.

Deaton, Angus (2015): El gran escape. Salud, riqueza y los orígenes de la desigualdad, Fondo de Cultura Económica, Madrid (Publicado originalmente en 2013 por Princeton University Press, con el título The Great Escape. Health, Wealth and the Origins of the Inequality)

Fernández Steinko, Armando (2008): Las pistas falsas del crimen organizado. Finanzas paralelas y orden internacional, Catarata, Madrid.

Galbraith, John Kenneth (1982): La pobreza de las masas, Plaza y Janés, Barcelona (ISBN: 84-01-37127-9) (Publicado originalmente en inglés en 1978 con el título The Nature of Mass Poverty, Harvard University Press, London)

Latouche, Serge (2009): Decrecimiento y posdesarrollo. El pensamiento creativo contra la economía del absurdo, El Viejo Topo, Barcelona (1ª edición en francés de 2003, con el título Décoloniser l’imaginaire).

Okun, Arthur M. (1975): Equality and Efficiency. The Big Tradeoff, The Brookings Institution, Washington, D.C.

Piketty, Thomas (2016): El capital en el siglo XXI, Fondo de Cultura Económica, Madrid.

Standing, Guy (2016): “¿Una carta de derechos para el precariado del siglo XXI?” en David Casassas (2016): Revertir el guion. Trabajos, derechos y libertad, Catarata, Madrid.

jueves, 16 de octubre de 2014

TRABAJO DECENTE VS NECESIDADES ILIMITADAS

Coincidiendo con la Jornada Mundial por un Trabajo Decente, la gente de CC.OO de Albacete me invitó a participar como miembro de ATTAC en la mesa redonda “Por un trabajo decente: empleo, salario, protección social y derechos”. Fue el pasado martes 14 de octubre en el Ateneo de Albacete.
Siempre que tengo que profundizar sobre algún tema, intento averiguar qué pensaron a lo largo de la historia otros pueblos y/o autores/as que lo abordaron antes que nosotros/as. Y es que, los problemas a los que se enfrentan nuestras sociedades hoy, en esencia, no difieren mucho de los que preocupaban a nuestros antepasados hace 10.000 años.
Resolver hoy nuestras necesidades básicas de alimentación, vivienda, seguridad y afecto, pasa fundamentalmente por la venta de nuestro tiempo y habilidades en el mercado de trabajo, conseguir un salario a cambio y acudir al mercado de bienes y servicios a satisfacer nuestras necesidades mediante el intercambio monetario. Hoy, cuando nos referimos al trabajo decente, lo hacemos a una serie de condiciones que debieran darse en el mercado de trabajo para que las personas que participan en el mismo puedan desarrollarse plenamente en los ámbitos personal y social. Pero claro, el concepto de desarrollo personal y social pleno va a estar íntimamente relacionado con el marco cultural y económico de la sociedad en que nos insertamos, oscilando entre sociedades inmersas en la globalización de la competitividad, el individualismo y el consumismo (donde todo es una mercancía), y sociedades basadas en la cooperación, lo comunitario y la sobriedad (donde el mercado es un instrumento, no el fin último).
Sin ningún ánimo exhaustivo creo interesante reflexionar sobre algunos aspectos que ayuden a acercarnos al concepto de trabajo decente con espíritu crítico y reflexivo.
Marshall Sahlins (1974), en su libro Economía de la edad de piedra (Akal, Madrid) señala que los medios técnicos de que disponían las “sociedades primitivas” les permitían cubrir con mucha más holgura sus fines de lo que ocurre en las sociedades “tecnológicas” de hoy día. En las sociedades primitivas las actividades relacionadas con la subsistencia ocupaban un tiempo muy inferior a la jornada laboral actual. Primera reflexión: el trabajo decente es aquél que avanza en la reducción de la jornada laboral, y en el aumento del tiempo de ocio para actividades creativas y relacionales.
José Manuel Naredo (1996), autor del libro Raíces económicas del deterioro ecológico y social (Siglo XXI, Madrid) apunta algunas ideas interesantes sobre lo que denomina “la mitología del trabajo”. Afirma que en las sociedades cazadoras y recolectoras no existía el afán de acumular riquezas o excedentes que se observa en la nuestra: los stocks de riquezas estaban en la naturaleza y no tenía sentido acumularlos, ni era posible acarrearlos. Los procesos de acumulación a toda costa de renta y riqueza en nuestras sociedades, aumentan la desigualdad y son incompatibles con la justicia social. Segunda reflexión: el trabajo decente debe de ir de la mano de un salario mínimo suficiente, de una renta básica universal y de topes estrictos a las retribuciones máximas así como a la acumulación de la riqueza.
Apunta Naredo (1996) que en la Grecia clásica no había acumulación de fortunas. Las familias más ricas no tenían más de 50 esclavos. Se daba una proporción de 3 esclavos por cada persona libre, que permitía a éstas escapar de las tareas serviles y del “reino de la necesidad”. En nuestra sociedad utilizamos una energía equivalente a más de 40 esclavos mecánicos per cápita, y cada vez estamos más empeñados en realizar un trabajo dependiente. Tercera reflexión: el trabajo decente no puede ser un trabajo esclavo, entendiendo como tal aquél que cada vez absorbe más a las personas, forzadas por necesidades y no les deja decidir libremente sobre su propia vida.
El propio origen de la palabra trabajo es indecente, ya que procede de tripalium, un artilugio de tortura al que se ataba a los esclavos o malhechores. Para Naredo (1996) es una constante en la Antigüedad el desprecio por las tareas dependientes y forzadas por la necesidad a cambio de una contrapartida utilitaria. El cristianismo también desprecia el trabajo, lo asocia a un castigo fruto de una maldición bíblica, a la vez que propugnaba el desapego a los bienes terrenales. Estos planteamientos se plasmaron en el progresivo aumento de las fiestas religiosas, que llegaron a ocupar la mitad de los días del año (180 días). Cuarta reflexión: el trabajo dependiente es indecente por naturaleza, al obligarnos a someternos y a vendernos a los demás. A lo más que podemos aspirar es a suavizar las condiciones que rigen dicho sometimiento.
Naredo (1996) también hace énfasis en el cambio de actitud frente a las innovaciones ahorradoras de trabajo, entre la antigüedad y la modernidad. Antípater de Tesalónica cantaba a los nuevos molinos de agua que sustituían los duros trabajos de molienda realizados al alba por las mujeres, manualmente con mazos y cuencos: “Dejad de moler, ¡oh! Vosotras, mujeres que os esforzáis en el molino; dormid hasta más tarde, aunque los cantos de los gallos anuncien el alba. Pues Deméter [Diosa griega de la agricultura] ordenó a las ninfas que hagan la tarea de vuestras manos y ellas, saltando a lo alto de la rueda, hacen girar su eje, que con sus rayos mueve las pesadas y cóncavas muelas de Nisiria. Gustemos nuevamente de la vida primitiva aprendiendo a regalarnos con los productos de Deméter sin esfuerzo”.
En cambio, Adam Smith (1776), en La riqueza de las naciones, frente a las ventajas de la división del trabajo no se congratula del ahorro de trabajo asociado a la división de tareas para obtener una misma cantidad de producto final, sino del “considerable aumento que un mismo número de manos puede producir en la cantidad de obra”. Es decir, los inventos ahorradores de trabajo, en vez de aprovecharse para liberar a las personas de tareas penosas sin merma de sus posibilidades de vida, reduciendo el calendario laboral a la mínima expresión posible, han servido para aumentar el producto y para acentuar la dicotomía entre trabajo y paro. Quinta reflexión: es la tarea más urgente ahora, mientras se reducen las elevadísimas tasas de paro que tienen muchos países, avanzar en el reparto del trabajo, para que trabajen todos/as, con una jornada menor y que incluso en los casos donde exista una retribución suficientemente holgada, pueda suponer una reducción salarial. Así se paliarían las gravísimas consecuencias sociales de un mercado de trabajo segmentado que excluye de la condición de ciudadanos/as a una parte importante de la población: una minoría con un trabajo de calidad, una amplia mayoría con trabajos precarios, temporales o sencillamente en situación de desempleo permanente.
Karl Marx (1844) en sus “Manuscritos económico-filosóficos” (1962, FCE, México), escritos 23 años antes que El Capital,  señala que “El trabajador, al no participar en la dirección del trabajo, al ser empleado como parte de las máquinas a las que sirve, se transforma en una cosa por su dependencia del capital (…) toda la servidumbre humana está implícita en la relación del trabajador con la producción y todos los tipos de servidumbre sólo son modificaciones o consecuencias de esta relación”. En el capitalismo “todo hombre especula con la creación de una nueva necesidad en otro para obligarlo a hacer un nuevo sacrificio, para colocarlo en una nueva dependencia y atraerlo a un nuevo tipo de placer y, por tanto, a la ruina económica”. Sexta reflexión: los seres humanos somos presa de las relaciones de producción y consumo, que imponen sus servidumbres y marcan los estrechos márgenes (indecentes, claro) donde se pueden mover las relaciones entre el capital y el trabajo. Si no rompemos la dependencia que hoy día tenemos respecto a multitud de bienes y servicios absolutamente superfluos, seguiremos estando en una situación de vulnerabilidad, y por tanto, seremos presa fácil del trabajo indecente….el trabajo propio de esta era de la globalización, donde los seres humanos no son el fin, sino un simple medio al servicio del gran capital.
Los/as trabajadores/as del mundo están en guerra abierta unos/as contra otros/as, por ofrecer sus servicios a cualquier salario. Porque en la globalización siempre es posible encontrar a alguien más pobre que acepte las condiciones de explotación y sumisión que se le ofrecen.

miércoles, 8 de octubre de 2014

SI TODO LO MEDIMOS EN DINERO, NO NOS ENTERAMOS DE LA VIDA LA MITAD

 
No acostumbro en este blog a pegar ni a compartir reflexiones de otras personas. Hoy hago una excepción para poner un breve artículo del economista mexicano Alejandro Nadal, con quien tuve ocasión de tratar mientras coordiné el Consejo Científico de ATTAC España. Un excelente maestro en el ámbito de la macroeconomía, una persona con sensibilidad social y ecológica, crítico de esa economía convencional al servicio del gran capital que todavía hoy se sigue explicando como un dogma en la mayor parte de las facultades de economía y empresa.

En este artículo introduce una serie de puntos de vista esclarecedores al hilo de los crímenes de los estudiantes rurales de Ayotzinapa (México), de la izquierda oficial y de un neoliberalismo económico salvaje y asesino al que hemos dejado que lo impregne todo.
 
Neoliberalismo en Ayotzinapa
Alejandro Nadal La Jornada  8-10-2014 (México)

Los crímenes en contra de los estudiantes normalistas rurales de Ayotzinapa tienen la huella de un modelo económico en el que los jóvenes campesinos y su cultura son redundantes. Es decir, no hay lugar para los jóvenes campesinos que aspiran a una vida digna y en libertad. La juventud de Ayotzinapa se ha rebelado y los poderes establecidos han respondido.

En realidad, más que un modelo económico (con su mezcla absurda de políticas económicas) deberíamos hablar de un estilo de vida en el que la solidaridad es despreciable. La razón es que bajo el neoliberalismo se lleva al extremo la idea de que la sociedad es un apéndice del mercado y que las relaciones mercantiles son la esencia de la naturaleza humana. En Ayotzinapa los jóvenes han manifestado su rechazo a esta forma de deshumanización.

En el neoliberalismo encontramos lo que Polanyi describe con claridad: en lugar de que las relaciones de mercado estén incrustadas en un marco de relaciones sociales, son las relaciones sociales las que se encuentran subordinadas al predominio de las leyes del mercado. Llevado todo esto al extremo en el neoliberalismo el resultado es que todas las instituciones sociales terminan siendo moldeadas para adaptarse a las necesidades del mercado.

Aquí encontramos el problema central de nuestro tiempo. En su lucha, los jóvenes de Ayotzinapa pugnan por mantener una escuela normal rural abierta. Es un instrumento de vida y de cambio social. Los gobiernos estatales y federal, así como la cúpula empresarial, han buscado por todos los medios satanizar y castigar a los estudiantes. Les parece que ceder en lo que piden los jóvenes es demasiado peligroso para su idea de orden social.

Y es que en el neoliberalismo, el sentido de la moral y la justicia debe reducirse al lenguaje de los contratos de negocios. El signo monetario de las ganancias y las pérdidas es lo único que importa. El mercado y el capital subordinan todo a su lógica, y los poderes no pueden permitir que alguien se atreva a desafiar ese orden de cosas. En Ayotzinapa los estudiantes han rechazado un mundo en el que la dignidad se mide en dinero.

El neoliberalismo lleva hasta sus últimas consecuencias la noción de que la sociedad no existe, como tampoco existen las clases sociales. Lo único que existe es un conglomerado de individuos, todos ellos egoístas: en ese conglomerado la ética de la solidaridad se reemplaza por la práctica del egoísmo en la perpetua búsqueda del triunfo personal. Y como el único y máximo espacio de interacción entre individuos es el mercado, las relaciones humanas son tasadas en términos monetarios y todo lo que no sea dinero es secundario o irrelevante.

Se dice sin cesar por los que alaban este sistema que en él los individuos son libres porque el Estado no restringe su conducta. Pero la realidad es que la libertad termina por irse a la basura en un mundo en el que lo único que importa es lo que puede ser cuantificado en dinero. O como dice Jack Nicholson en un diálogo del clásico film Easy Rider, es difícil ser libre cuando uno es comprado y vendido en el mercado.

Los estudiantes de Ayotzinapa saben todo esto y buscan una opción distinta. Desde el poder primero les impusieron la violencia del mercado y criminalizaron su protesta, pero los estudiantes no se rindieron. Hoy el poder les envía un proyecto de intimidación por el terror. Los estudiantes tampoco se han doblegado. La tensión y el peligro aumentan porque el poder no perdona esta afrenta.

La izquierda institucional lleva años entregada a los pactos y a la lógica de conseguir votos como fin supremo. Por eso es hoy copartícipe de este crimen. Es más, si algo ha demostrado la izquierda oficial es que no tiene ningún interés de promover la construcción de caminos de resistencia. Tampoco está interesada en abrir nuevos espacios de cultura, educación y reflexión que permitan a las clases oprimidas defenderse de la embestida neoliberal.

El desempeño de la izquierda oficial ha dejado una secuela de confusión sobre metas e instrumentos de lucha. Al final del día encontramos una buena dosis de desmoralización y de desmovilización. Es de esperarse que las luchas puntuales, como la de Ayotzinapa, se convertirán en puntos focales de reorganización política. Pero por el momento, no es exagerado afirmar que la izquierda institucional dejó al pueblo de México en un estado de indefensión frente a la agresión desde los poderes establecidos. Es trágico, pero lo que hoy existe como izquierda oficial en sus diversos tonos ha mostrado una vez más su incapacidad para recuperar la iniciativa y para abrir alternativas eficaces para la batalla política.

La lucha de los estudiantes normalistas de Ayotzinapa tiene una historia y es la de todos nosotros. Es la lucha por convertirnos en actores de nuestra propia historia. Y eso es lo que el terror y la militarización de la represión en su contra busca quitarles. Por eso el asalto del que han sido víctimas es una agresión contra todos nosotros. Eso es lo que configura un crimen de Estado. ¡Vivos se los llevaron y vivos los queremos!

http://www.jornada.unam.mx/2014/10/08/opinion/030a1eco

lunes, 1 de septiembre de 2014

FRENTE AL PUCHERAZO, SARTENAZO DE CONFLUENCIA CIUDADANA


 
Los cambios políticos en nuestras sociedades pueden producirse por la vía electoral o a través de revoluciones. Generalmente los primeros tienen lugar dentro de un clima de relativa estabilidad social, mientras que los segundos suelen implicar rupturas en el orden establecido. Pero también existe la posibilidad de mestizaje entre ambas opciones: una revolución por la vía electoral.
 
Hoy existe una perentoria necesidad de abordar profundos cambios (rupturas) en lo que toca a los modos de organización política, social, económica y ecológica de nuestro mundo. En lo político para que el poder real retorne a la ciudadanía, en lo social para frenar e invertir desigualdades aberrantes, en lo económico para situar a las personas y a sus necesidades básicas en el centro y en lo ecológico para respetar la Madre-Tierra como origen y sustento de todas las formas de vida. Pero claro, quienes actualmente controlan y se benefician del actual “desorden”, no tienen ningún interés en que el poder retorne al pueblo y están haciendo todo lo posible para evitarlo.
 
Por eso, no debemos asustarnos cuando hablemos de revolución o rupturas siempre que sean pensadas y definidas desde abajo. Por el contrario, y a los hechos nos remitimos, términos como reformas o reestructuraciones en boca de gobiernos lacayos del gran capital, si que han producido y siguen produciendo mucho dolor y desazón a buena parte de la población. Más políticas de este cariz productivista, individualista y desintegrador sí sería para asustarnos
 
Hace unos meses el Gobierno de Castilla-La Mancha, que sólo ha sido votado por el 36% del censo electoral, reformó unilateralmente la ley electoral de esta región para facilitar su reelección en los próximos comicios. Hoy mismo, el Presidente del Gobierno de España ha anunciado una reforma de la ley electoral en lo que se refiere a la manera de elegir alcaldes/as, claro, para que los candidatos/as del PP lo tengan más fácil. Esta gente que gobierna para los poderes económicos y financieros no tiene otra intención con estos cambios más que seguir robando a manos llenas, sumiendo a la gente en la peor de las pobrezas: la ausencia de esperanza.
 
ES EL MOMENTO. A estas agresiones, en defensa propia, la ciudadanía decente debe responder con un sartenazo de confluencia política, que desbarate estas intenciones despreciables y siembre de esperanzas las ansias de la gente en su lucha por un mundo más justo.
 
En los procesos electorales que van a comenzar a gestarse en municipios, comunidades autónomas y Estado central, deben definirse (ya está ocurriendo) fórmulas de confluencia política absolutamente horizontales, que partan de la gente y queden ancladas siempre a sus necesidades, inquietudes e intereses. Y luego, si determinados partidos políticos o movimientos sociales afines desean participar de estos procesos de confluencia, sin pretensiones de protagonismo ni manipulación, mejor que mejor.
 
Confluencia política ciudadana para alcanzar el poder mediante el proceso electoral, con un programa elaborado desde las bases, absolutamente claro y transparente, que establezca desde el principio el alcance del nuevo orden político al que vamos a dedicar nuestras energías. Nuevo orden que por fuerza ha de ser revolucionario, al nivel de la gravedad de los problemas a los que nos enfrentamos como pueblo y como humanidad.
 
Al PP y a sus representados (las multinacionales, los bancos, las grandes fortunas, el hampa de la corrupción, el FMI, el BCE y la Comisión Europea) les va a salir el tiro por la culata. Las ansias de atarlo todo incluso a través del juego sucio electoral va a suponer una reacción del pueblo llano sin precedentes, de esas que tienen lugar en los momentos más difíciles, como el que ahora justamente nos toca vivir. Julio Anguita lo dijo bien claro el otro día: “Ahora. Sin pretextos”.
 
No trabajar hoy en pos del éxito del proceso de confluencia ciudadana es un lujo que no podemos permitirnos. La vida de las gentes normales y corrientes no se basa en lujos, sino en formas austeras y colectivas de resolver sus necesidades, para que nadie quede desprotegido. Lo público, lo comunitario y la redistribución son garantía de dignidad. Lo privado, el individualismo y la acumulación siembran el mundo de injusticias. El reto político que afrontamos no será nada fácil, incluso pudiera fracasar. Pero lo peor, con diferencia, sería no afrontarlo. Creo que mucha gente de bien, o votará CONFLUENCIA, o no votará.

miércoles, 27 de agosto de 2014

LOS PARTIDOS AUTODENOMINADOS SOCIALISTAS EN EUROPA: TRABAJANDO PARA EL GRAN CAPITAL


 
En la primavera del año pasado, por recomendación de Paco Álvarez, leí el libro ¡Votad la desglobalización! Los ciudadanos somos más poderosos que la globalización (2011, Paidós, Barcelona). El autor del mismo es Arnaud Montebourg, que entre abril y agosto de 2014 ha sido efímero Ministro de Economía del Gobierno Socialista de Manuel Valls en Francia.
 
No conocía la trayectoria anterior de este autor, no obstante, cuando me enteré de su nombramiento como Ministro de Economía de Montebourg me pregunté hasta qué punto sería capaz de impulsar desde el gobierno determinadas políticas coherentes con las reflexiones que apuntaba en su libro, algunas de las cuales cito textualmente a continuación:
 
“Las reducciones de impuestos y de cotizaciones sociales sobre los beneficios de las empresas, sobre las grandes fortunas, sobre los patrimonios y las rentas más altas no han hecho sino extenderse, en una carrera suicida por resultar más atractivos (…) En la competencia fiscal desenfrenada que han iniciado los Estados del norte, no hay otra salida más que la destrucción de la protección social y los servicios públicos, y el incremento estructural de la deuda pública, con las medidas finales injustas que eso conlleva” (páginas 32-33).
 
De ahí que la desglobalización suponga una “reacción a favor del trabajo y contra los dividendos, la reacción a favor de la industria y contra las finanzas, la reacción a favor de la creación contra las rentas” (Montebourg, 2011, 45). Y aquí es donde entraría en juego un “proteccionismo de nuevo cuño”, que “no es un proteccionismo del miedo al otro, sino un proteccionismo cooperativo, de la inteligencia y la generosidad, de la mutación colectiva, un proteccionismo altruista y solidario porque organiza concretamente el renacimiento o la construcción en cada uno de los países de un mercado interior, de una agricultura y una industria fuertes (…) Es un proteccionismo de desarrollo y emancipación, que garantiza a los pueblos el derecho a decidir” (páginas 46-47).
 
“La desglobalización es, por último, un programa para una Europa sin proyectos, zarandeada por las crisis económicas y financieras, que no ve que el libre comercio y la competencia generalizada son para ella el principio del fin. La autodestrucción de Europa está programada, la desglobalización es su salvación. Pero ésta deberá pasar por Alemania” (página 62).
 
Por eso, quienes albergaban alguna ligera esperanza en que los partidos socialistas europeos podrían dar un giro para refundar Europa bajo principios sociales y ecológicos, ya pueden ir convenciéndose de lo contrario. La dimisión de Montebourg como ministro el pasado 25 de agosto puede resumirse con un epitafio lapidario escrito por él mismo en el citado libro: “El ciclo loco de la globalización es un pozo sin fondo, una máquina desajustada cuyo carburante es encontrar continuamente gente más pobre y más dócil (página 19)”.
 
Tan pronto se ha conformado el nuevo gobierno socialista francés se ha anunciado una inminente reforma laboral para mejorar la competitividad de la economía francesa (con trabajadores/as más pobres y más dóciles, claro), así como un firme compromiso con el cumplimiento del objetivo de déficit público (austericidio fiscal).
 
Estas son las políticas socialistas recientes en Francia, calco de las políticas socialistas españolas en el período 2010-2011. Partidos socialistas incapaces de abrir vías de esperanza para la gran mayoría de la población de sus respectivos países, que en vez de plantar cara al desguace controlado de derechos sociales y políticas públicas, asumen un rol de colaboradores necesarios con las rancias directrices neoliberales que campan a su antojo en la Unión Europea.
 
Partidos autodenominados socialistas que traicionan a cada momento los principios socialistas de libertad, justicia social y solidaridad. Partidos que se presentan como alternativa electoral, pero que no son alternativa política.